Ignacio, cosecha de cerezas frente al Estudio en Rojo
Foto: M.A.M.
Mi primera noción del espacio exterior proviene de los
documentales de la carrera espacial en los años 60 que veía en casa. Mi padre
por su trabajo estaba encargado de un proyector de 16 mm.
Mis primeras lecturas fueron las viñetas de Roldan El Temerario
(Flash Gordon) y de Brick Bradford que aparecían los fines de semana, en el Correo De Valdivia.
De pronto la noticia era el paso del cometa Halley, más brillante que
Venus y que miraba desde mi cama al amanecer en medio de lejanos
ladridos de perros.
Mi infancia termina con la llegada del hombre a la luna y con
2001 Odisea del Espacio la película de Kubrick. El tema del espacio
exterior tiene para mí a partir de ese momento una aproximación más
literaria y poética que científica. Con ese espíritu mirábamos las estrellas con mis amigos
en el patio de la antigua casa de Niebla, charlando sobre dioses
hindúes, estimulados por las lecturas de Hesse o Serrano.
Luego de vivir por años en una metrópolis mirando un cielo de
bajo voltaje regreso a Niebla y la vía láctea vuelve a ser la reina de la
noche. Se ha restablecido la visión y el contacto.
El espacio seguirá siendo un enorme espectáculo que miramos
desde lejos. Nadie de nosotros alcanzará a viajar en fantásticas naves,
transitar por sus sinuosos pasillos y vestidos con trajes de avanzado diseño instalarnos
en el lounge a la hora del cocktail, si es que eso llega a ocurrir alguna vez...
Por ahora lo que hay son claustrofóbicas maniobras alrededor de nuestro
castigado planeta.
No sabemos si este viaje físico a ninguna parte es un error de
la mente. Quizás ya los mayas o los aborígenes australianos conocían mejor
el tema y llegaban más lejos. Por tanto sin pretensiones sigamos mirando el cosmos y
disfrutemos del espectáculo. Sigamos
sin expectativas recibiendo noticias de las agencias espaciales sobre el
descubrimiento de nuevos planetas semejantes a la tierra, sobre agujeros negros
y meteoritos, aunque en ese caso quizás convendría agacharse…
De momento este cosmos pintado es más real y
esta vez sí, lo podemos compartir con una copa en la mano.